El milagro

Maig 19, 2009

 ”Ladri di bicicleti” es un milagro cinematográfico rodado en 1948 por Vittorio de Sica en escenarios reales de la Roma de post-guerra y constituye una de las obras cumbre del neorrealismo italiano.

 En ella descansan planos y secuencias inolvidables: El niño que camina junto al padre, uno alto y desgarbado, el otro pequeño, de entrañable gracejo al caminar y verbo al mirar. La terrorífica escena de las sábanas apiladas en la casa de empeños como un eterno caudal de pena que pende sin llorar. El niño sentado a lo alto de unas escaleras mientras el padre, aterrado, teme por su vida. La sublime escena del restaurante, triste y bella, cruda y real: el pedante niño rico relamiéndose ante Bruno, nuestro niño pobre. (Conozco el caso de una persona que tras ver la escena juró no volver a pisar un restaurante… evidentemente no lo consiguió). La primera visita de Antonio a la vidente: deja la bici, sube las escaleras… suspense del bueno resuelto con maestría. Y sin duda, el plano final, el pequeño milagro, que trataré más adelante.

 La historia es sencilla pero de gran intensidad y revoluciona el plexo solar (red nerviosa que combina las fibras nerviosas del sistema nervioso simpático y parasimpático) de todo ser humano con sangre en las venas, sensible a las penas y a la injusticia. Es una obra honesta y humana que contrasta con la deshumanización de la Italia de post-guerra.  De una deslumbrante fotografía que talla pobreza y una excelente música que añade tensión dramática “Ladri di bicicleti” es ante todo una verdad, una verdad imperecedera y universal.

 A Antonio, un hombre casado y con hijos, le ofrecen un trabajo como “pegador” de carteles a condición de poseer una bicicleta. Desesperado recurre a su mujer y tras empeñar las sábanas reúne el dinero suficiente para comprar el velocípedo. En su primer día de trabajo le roban la bicicleta y a partir de ahí emprende una búsqueda, acompañado de su hijito Bruno, para encontrarla.

 En esa inútil búsqueda padre e hijo encuentran otro tesoro: Su propia humanidad descubierta ante la mirada del otro. En ese viaje desesperado las relaciones entre ambos evolucionan, maduran, se transforman y estallan en el plano final (hijo agarrando la mano del padre) en un amalgama de sensaciones que desbordan esperanza y es entonces cuando brota la emoción en forma de lágrima en el  espectador… un rayo de luz ante tantas sombras. Esa lágrima… la lágrima del ingenuo espectador es poesía humana, viva y descarnada. Vittorio de Sica, otrora humorista, consigue el milagro. Obra maestra.

 

 Óscar Vázquez Vázquez

racsovito@hotmail.com

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