Tierra
Maig 19, 2009
Con un sencillo argumento como transfondo Alexander Dovzhenko siembra una maravillosa película y el tiempo, testigo omnipresente, la hace madurar ofreciéndonos un fruto extraordinario para los sentidos. Tierra (Zemlya) estrenada en 1930 no solo destaca por su mensaje propagandístico, el avance tecnológico por la llegada del tractor, sino también por su profundo lirismo y es un poderoso testamento del cine mudo cuando en muchos países ya se iniciaban las producciones sonoras.
A mi modo de ver la grandeza de Zemlya radica en el prodigioso uso de la planificación y el montaje para ofrecernos un colosal poema panteísta. Pocas veces he visto en el cine un nexo entre el hombre y la tierra tan espectacular capaz incluso de transmitir al espectador, a través del arte, la sensación de que estás oliendo aquello que ves: la Tierra.
En pleno siglo XXI, cuando la tecnología nos absorbe sin compasión y por medio de lo artificioso podemos ver, oír, oler, tocar e incluso degustar realidades virtuales más allá de lo concebible Tierra se presenta como un paradigma natural del poder del arte y su grandeza y por ende del poder del hombre, la naturaleza y el universo.La obra está impregnada de simbología que alude a la fertilidad y a la abundancia, al erotismo y al amor, la vida, la muerte y el nacimiento, elementos imprescindibles de la existencia humana.
Como olvidar esas manzanas mojadas por la lluvia nacida de abrumadoras tormentas, como olvidar las flores acariciando al cadáver en la escena del cortejo fúnebre, como olvidar los campos mecidos por la ventisca de esa Ucrania natal de Dovzhenko, como olvidar, al fin, esta preciosa película sembrada de imágenes imborrables, naturales, apasionadas.
Hay que ver Zemlya, hoy más que nunca y creer en la utopía de un nuevo renacer.
Óscar Vázquez Vázquez